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El Fin del Mundo


Era el Apocalipsis.
Las señales eran evidentes, terremotos, vulcanismos, tornados y toda clase de fenómenos violentos estaban destrozando el equilibrio del planeta.
¿Hacia dónde ir? ¿Qué sentido tenía todo ahora?
El caos dominaba las calles, todos huían sin saber bien hacia qué lugar; unos rezaban arrodillados en el pavimento en tanto otros maldecían a diestra y siniestra su suerte.
Marejadas humanas crecían y se extendían por doquier invadiéndolo todo.
Una persona se tiraba desde lo alto de un edificio arrebatando al destino el derecho de decidir el momento justo de su muerte; otros en cambio se escondían bajo las ruinas dejadas por alguna iglesia durante un sismo.
Las prostitutas se confundían con las religiosas, los marginales con las gentes de abolengo; en aquel momento todos eran seres con un único objetivo: la salvación.
Algunos grupos lograron divisar lo que ellos creían pudieran ser salidas –aunque sin saber hacia dónde.
Uno, dos, tres últimas e infernales convulsiones de la tierra ahogaron en flemáticos ríos
los restos de civilización. El bramido del cosmos contrayéndolo todo, luego, el silencio total.



De los oídos del escritor, presa del infarto, los personajes liliputienses asomaban prestos a un nuevo mundo.

Perfecto Crimen

Hoy lo haré... estoy decidida.
Tomo el cuchillo y lo afilo bien. Nadie notará que lo he hecho yo, nadie sabrá que yo he penetrado ese blando cuerpo con el filo tajante de este instrumento.
Nadie me descubrirá.

Allí está, ni se ha percatado de mi presencia. No lloraré: lo juro; demasiado
me ha hecho sufrir ya. Años y años de sufrimiento acabaran en unos segundos.

Me he instruido en el arte del asesinato sin pruebas, en las técnicas orientales de la disociación mente- cuerpo.
Estoy con el control absoluto de mis dominios corporales y mentales.

Aquí va… sin salpicar una gota de su esencia vital, continuo inmaculada….
Jajajaja!!!! Es mi gloria …. ¡¡Lo he logrado!!...Dos, tres tajadas, bravo!!! Es mi Cenit!!!!...
¡¡Maldita cebolla… está vez he podido contigo!!

Sin Respiro

Me atenazó el cuello con sus garras; no podía respirar.
El aliento había descendido al diafragma negándose a morar en las cavidades respiratorias. Tuve pánico.
Tal vez si cerraba los ojos la visión pudiera desaparecer; era cuestión de probar.
El sudor amenazaba con lubricar toda porción de piel y hubiese dado cualquier cosa por estar bajo una fría corriente de río.
Su mirada me congeló cual basilisco; sentía como la piedra invadía poco a poco cada una de mis células y ni el grito era capaz de asomar –ocultándose cobarde vaya a saber en qué habitáculo corpóreo.
Sentí el crujir de las vértebras bajo su abrazo de oso y quise que la muerte fuese súbita
al momento de la sensación.
Volvió a extender su brazo armado hacia mí (como si fuese poco el efecto que su mirar producía en mi organismo)
-¿Va a pagar la cuenta usted? –preguntó extendiéndome un papel.